Fúnebre paz

Fúnebre paz

Tal parece que nos hundiremos… nos hundiremos íntegros en el abismo de una guerra en la que todos perderemos, ¡¡de eso nos encargaremos infelizmente así sea con un grito al vacío!! para que no sea justo la fiesta en la ciudad versus la paz de los sepulcros en los campos. Amargos y vencedores quienes advertimos lo que causaría el regreso del uribismo. Por ahora no hay nada más que hacer, tan solo respetar la majestuosidad de las alas de este duro enemigo, que aunque bastante inteligente, su peso no lo dejará volar jamás a esos jardines colgantes ubicados lejos del infierno donde tendrán que argumentar en derecho. Un saludo a Fernando Londoño, que ha logrado hacer trizas el acuerdo. Hay que reconocer que prometió y cumplió, es un digno enemigo de la paz y eso lo sabían sus seguidores, quienes agazapados en los clubes esperaron que esto ocurriera, con la total certeza de que las bombas jamás caerán en sus lindas alamedas. Ahora que en un soplo indefinido la violencia se prepara para no fatigarse ni en la altura ni a nivel del mar, los que hicieron trizas la paz, se pondrán el traje de jueces contra todo lo que diga “violencia” ¡y parecerán pacíficos ellos! ¡y parecemos violentos los otros! paradoja infinita que no se cansa de violarnos en medio de todos sus educados aplausos embrujados. Qué extraña música la que produce Colombia, pues nos puso a bailar en medio de nuestros sollozos. Los periodistas de la derecha, que gritaban con retórica lo mismo que los orangutanes en las selvas de cemento, hoy respiran ese aire cargado de horror y blasfemia, sin importarles literalmente una pepa de comino. Periodistas de la derecha, enamorados trillados de la opinión que otorga la libertad tiránica, esa que ofrece derechos de expresión al que masacra con palabras, al idiota que no sabe de lo que habla, así como al que clama por un pañuelo para secar las lágrimas de los velorios que se aproximan. ¡¡Libertad tiránica!! ¡¡Eres la dulce condena de nuestra democracia totalitaria, alivio de cobardes detrás del Twitter, masaje para nuestros cuerpos cansados de tanto escribir columnas que yacen muertas ante tus pies de oro, plata y bronce!! Fúnebre paz ¿si sabes que el sol ya no calienta en algunos rincones de la patria y que solo alumbra las almas y los cuerpos que se alistan para la guerra? no me hagas reír fúnebre paz, que yo lo que quiero es llorar hasta decir no más. No me invites a tu carnaval porque no… no estamos para fiesta. Las locas y adoradas ansias de justicia hoy se autoflagelan para que cesen los disparos de la boca de aquellos que no pondrán jamás una gota de sangre en la que ha sido nuestra receta social y maldita. Nos privaron de las bellezas de una paz perpetua. Pero el encantador juego de la guerra deja un olor inolvidable. ¡Sagrada y dolorosa punta de lanza que agobia el destino de nuestra patria, que desangra nuestra matria! ¿matria o patria? qué más da si ambos ya murieron enfrentados sobre el lecho de las carcajadas provenientes de aquellos que sí son capaces de hallar su equivalencia. Fúnebre paz, ya no me digas más, pues tal parece que las tumbas serán nuestras confidentes nuevamente. Tumbas calladas y lluviosas, olvidadas por los que creen que con las palabras no se mata, recordadas por los que no querían la guerra pero que abandonarán sus cuerpos en nombre de las dignidades. Fúnebre paz…las excusas y las culpas ya no serán de una persona. Bienvenidos sean ustedes, majestuosos enemigos. Bienvenida sea la guerra, porque incluso a nuestros enemigos les debemos el respeto que se merezcan, porque así lo neguemos, nuestros demonios siempre tienen cama en el hospedaje de nuestras almas. Fúnebre paz, diles a las generaciones que hoy nacen, perdón… perdón, pero no pudimos. Eres fúnebre paz, porque los líderes sociales mueren por centenares y tu pretendes que escribamos como si nada, o que hagamos payasadas para elevar un momento emocional degradante. No. La actitud positiva es un cuento del norte para que olvidemos por qué en el sur retornamos una y otra vez al cadalso de nuestras miserias. Fúnebre paz, quieres que un estado psicológico sea más amplio que la memoria de nuestras vidas, quieres que una sonrisa sintética, valga más que la expresión mortuoria con la que vimos a nuestros hermanos la última vez… eso, jamás te lo permitiremos. No por necios, sino por utópicos dispuestos a morir; utópicos, pero libres de toda tu mentira. ¡Cállate ya fúnebre paz! Déjame hacer un minuto de silencio por todos nuestros muertos, mira que vienen bailando y danzando en el horizonte de la guerra; vienen bajando por las cordilleras colombianas, como los ríos Guaviare, Jambaló y Baudó, ¿si oyes la canción? tiene un coro que termina con una frase muy clara: no seremos olvidados.
Conectados

Conectados

Ambientes Distópicos: Conectados

Parece ser que la condición que mejor expresa nuestra actualidad se basa, únicamente, a partir de las conexiones. Llevamos poco tiempo jugando a vivir “conectados” (como si nunca lo hubiésemos estado), esperando que en ese juego podamos encontrar el carácter que guíe nuestros pensamientos. Y es tanta la importancia que se le imprime a eso de “estar conectados”, que la mayoría de las políticas públicas se trenzan bajo este matiz.

Una de ellas es el proyecto de ley que lidera el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para la modernización del sector de las TIC’s. Este proyecto –de ser aprobado- hará un gran revolcón en el manejo de estas “nuevas” tecnologías e influirá también en el manejo que, hasta ahora se le ha dado a la televisión –y en especial la pública-, puesto que considera suprimir la Autoridad Nacional de Televisión para proponer un sólo ente regulador en el país para estas “tecnologías de la información y la comunicación” y para la, un tanto “vieja”, televisión.

Este proyecto de ley se ha estado cabildeando, principalmente, con esa idea del “estar conectados”. No más. No hay otro punto que se pueda resaltar o del cuál se pueda presentar como reflexión para mostrar la necesidad de modificar las maneras como se regula el espectro electromagnético, la televisión y los contenidos y, con mayor atención, los productores de contenido que transmiten sus producciones por la Internet (las conocidas OTT – Over The Top, YouTube, Netflix, Facebook, Twitter, Instagram).

Y con tanta insistencia en la conexión –“La mitad del país carece de acceso a la Internet. Veinte millones de colombianos no tienen conectividad de banda ancha”-, nos podríamos preguntar: ¿por qué necesitamos estar “conectados” (a la Internet)? Esta pregunta sólo se responde desde la confianza absurda que le hemos puesto a los artilugios construidos por arte de tecnología (ese arte de magia de otras épocas), cómo si lo “mágico” que se supone que hacen cada uno de estos artefactos interconectadores, pudieran remediar por su uso, las inequidades sociales y económicas que en nuestro país son “el pan de cada día”.

Cada tanto muchos países inician campañas públicas con este mismo tono. Se puede recordar como sí fuera ayer esas iniciativas de “Computadores para educar” o “Tabletas para educar”, que repartían equipos con alto grado de complejidad manufacturada para apoyar el desarrollo de las clases y construir un tipo de conexión pedagógica con las nuevas generaciones, pero que olvidaba, casi siempre, la necesaria alfabetización de todo lo que ese “nuevo” ambiente crea.

El estar conectados no lo es todo. Podemos estar, por ejemplo, en un ambiente con conectividad análoga –una reunión de amigos y recién conocidos- y no entablar comunicación alguna con nadie, por tener en el momento de la reunión un episodio de ansiedad extrema que censura cualquier intento de conexión; y, aun así, disfrutar de la reunión y pasar un rato ameno.

Pensar, como lo hace el MinTic, en que lo más importante para darle equidad a este país inequitativo es ofrecerles banda ancha a veinte millones de personas (¿Internet para educar?), es seguir replicando confianzas ciegas en soluciones ficticias que cada tecnología reproduce: la invención del automóvil no solucionó las necesidades de transporte individual y colectivo de nuestras ciudades.

Cada tecnología debe ponerse siempre en tensión para saber sus reales implicaciones sobre las políticas públicas, que son las que realmente van a impactar a un grupo de ciudadanos. Mas que dar conexiones a Internet, se deberían crear conexiones educativas para fortalecer la alfabetización que se necesita para la interacción con estos ambientes mediáticos. ¿Qué razón tendría una persona para estar conectado (a la Internet) sí no tiene vías en buen estado para comercializar los productos que cultiva? ¿Sólo tener “indignación” de red social?

Debemos conectar nuestra atención a estos proyectos de ley para saber sus implicaciones, ya que lo que está en juego, son las “nuevas” soberanías. #chaoleytic

Cabalgata: Los caballos, el guaro, la mierda y los pobres

Cabalgata: Los caballos, el guaro, la mierda y los pobres

Entra la tarde en un pueblo de Colombia, y ya un gran grupo de personas se sitúan cerca del estadio para hacer realidad la tradicional cabalgata de fin de año; el paisaje es llamativo: los caballistas -en su mayoría hombres- llevan su poncho y sombrero, botella de guaro en mano también; las mujeres hacen presencia como el mayor adorno de la fiesta, muchas veces incluso son pagas para acompañar a tan significativos caballeros.

La población se aglomera a lo largo de la ruta que seguirán los caballos, en la punta del pelotón, un auto acompaña la procesión, este va engallado con un equipo de sonido que al ritmo de los Tigres del Norte: Soy el jefe de jefes señores y decirlo no es por presunción muchos grandes me piden favores porque saben que soy el mejor han buscado la sombra del árbol para que no les dé duro el sol… zarandea toda casa del pueblo.

La cabalgata ya avanza por el centro del municipio, el volumen de la música, el trago y las consignas se acrecientan, la imagen que se me presenta es bastante esclarecedora: un desfile de hombres con almas de traquetos -si es que no lo son algunos- que muestran con desparpajo su poder con trago, música, mujeres y caballos.

Por lo general, camisa apretada que deja ver su voluminoso abdomen de bebedor empedernido, el trago lo cargan los peones de las fincas, ellos se encargan de tomarles las fotos y cuidar que los hijos de los entusiastas conductores no pierdan equilibrio sobre las bestias; aún así, esta escena puede ser más dantesca, al final de la procesión, los pobres del pueblo con palas recogen la mierda de los caballos; ahí está representada la Colombia, la mierda pal´ pueblo, el que siempre come mierda ahora recogiéndola.

Al final, las bolsas de mierda son tan preciadas como el oro; pues ahí está el pago del día; por otro lado, las bestias sofocadas del cansancio se van en sus camionetas, eso sí polarizadas, que el personaje no se pierda. Asimismo, los caballos son llevados por los peones hacia los vehículos que le devuelven a su hábitat, la presencia de animalistas pone en evidencia las malas condiciones con las que algunos de estos animales terminan la jornada.

Y entonces, el personaje acá descrito, el del poder, el que manda, el patrón, el que su trono es el caballo, personifica muy bien a la élite colombiana que nos tira mierda desde el estrado y nos toca recogérsela. ¡Qué coman mierda ellos!

En ocasión del 47 Festival Folclórico Colombiano, como ibaguereño que soy, espero que no tengamos que presenciar la cabalgata este año, que los caballistas se queden con las ganas de restregarnos en la cara, sus caballos, su guaro, y su maldita mierda.

Desazón

Desazón

Ambientes distópicos: Desazón

No es mucho lo que se puede decir en una distopía como la colombiana que, minuto a minuto, se torna más y más enrevesada. Si hacemos un recuento, tendremos a la vista las predicciones que corroboran lo que hemos sabido desde el comienzo de lo que se insiste en llamar, tontamente, “el lado correcto de la historia”.

La desazón es nuestro ambiente y “grotesco” es la palabra que nos define, ya que la tortuosa situación por la que atravesamos está para mostrarnos los sinsabores de la espectacularidad vacia que exhibe el doblez de personalidades insustanciales. Por eso el país pierde su respeto al venerar “constitucionalidades” ajenas que presionan con “descertificar” por las consecuencias de una guerra que ellos inventaron; por eso renuncia el fiscal que no investiga nada pero que alienta con sus acciones la pérdida de la institucionalidad; por eso se alebresta la inconsciencia oscura que clama por la transparencia en las informaciones y reniega de las fuentes que desdicen su macabro hacer.

Pero lo que no es banal –como lo pensara Hannah Arendt-, es esa “banalidad del mal” que activa nuevamente las estrategias para continuar, con la lentitud certera de la costumbre, el extermino de todo lo que huela a “otro”. El “lado correcto de la historia” no puede permitirse que la memoria diga que fueron los hacedores de la paz, porque para ellos, lo que importa es el lucro que nace de la guerra: se muestran impolutos –como un “ladrón de cuello blanco”- en su esplendorosa y ya perdida, inane, representación política.

Y, en su cosmovisión abyecta, escupen justificaciones amañadas que remarcan su compromiso por mostrarse obsecuentes con su versión de los hechos, así en el intento, se tuvieran que beber las mieles del glifosato y ver nuestra geografía fracturada por la incesante búsqueda de recursos no renovables, con los que tradicionalmente comerciamos y depreciamos nuestro exigente modo de vida.

No es la primera vez que el ambiente se dispone así. No es la primera vez que sufrimos las consecuencias de las ideologías extremas. No es la primera vez que las predicciones se cumplen. Como se ha escrito antes en estos ambientes distópicos, a lo que nos enfrentamos es a la desaparición de lo conocido y a la aparición de una ciudadanía que caminará como muertos en vida.

Vamos a llamar, como lo decía Juan Esteban Constaín en su última columna, la “voz del diablo”: este pueblo que habrá de perecer, será el encargado de aplacar con su voz esa “inconsciencia e insensatez” de vivir en “paz”, sólo para poder tener un poco del dinero que se ofrece por vivir en “guerra” y así, tener que gastar en unas siempre insuficientes comodidades y, de vez en cuando, seguir yendo de viaje por el país en caravanas como las que se ofrecía años antes: “Vive Colombia, viaja por ella”.

También, tendría que llamar a la sensatez, para ver sí –como lo ha hecho Estebán Carlos Mejía- dejo de ambientar distópicamente este único relato de desazón que nos atrapa; y me dedico mejor a ambientar el arte –no sé si distópicamente-, como lo he hecho en estos días con una exposición que titulé “Estamos despiertos más tiempo”. Y, para ello, sólo debo incluir la invitación a la Sala de Exposiciones Darío Jiménez del Centro Cultural de la Universidad del Tolima[1].

 

¿Estaremos despiertos más tiempo para no ver esta desazón?

[1] La exposición estará abierta hasta mediados de junio de 2019.

Un individuo no identificado con lo propio y lo originario, convertido en un imitador, egoísta, un individualista motivado por el dinero y el poder

No se necesita mucho para hacer un recorrido por la época colonial, solo hay que tener en cuenta que Colombia fue poblada por europeos, que los indígenas, luego criollos y después campesinos, fueron vulnerados en sus derechos, utilizados con los más deshonrosos intereses. Que la política que se constituyó fue traída de otro país, junto con sus carencias y errores que hoy en día aún se pagan.

La gente que pudo ser razonable, cayó en cuenta de que los dueños de esta Colombia fueron traicionados, utilizados por los españoles, trataron de levantar barreras, medios para poder resistir toda la maldad que  condujo a esta arrolladora racha de solo fracasos, intentando con todos los medios abrir la mente de los conciudadanos; pero la mayoría estaban untados de la terrible magia de la religión, absurdamente manipulados, deslumbrados por la tez blanca de un rey, así que fueron inútiles esos esfuerzos de oposición hacia la imposición.

Los colonizadores que llegaron a nuestro territorio exterminaron gran parte de la población nativa, para remplazar la mano de obra trajeron esclavos negros del otro continente.

Los esclavos lucharon por su liberación y junto con comunidades que huían del poder colonial se agruparon y lucharon para defender su territorio, aunque eran menos lograron ocupar las tierras que ellos querían habitar de manera libre.

Tiempo después por esa libertad que se luchó, eso que llaman desarrollo volvió a expulsar familias, tribus, etnias, de sus territorios. En pleno siglo XXI el deseo de dinero, ha permitido explotación, esclavización, desplazamiento forzado, se ha despojado miles de familias de sus propiedades por los extranjeros y sus grandes empresas.

Las multinacionales solo quieren el recurso natural, puesto que no cumplen con las regalías dejando el patrimonio más pobre y con un gran daño ambiental.

La imagen de nuevo milenio que constantemente venden los políticos y medios de comunicación, con una Colombia del futuro, progresista, no es consecuente con lo que en realidad está pasando internamente, frente al manejo de sus recursos y su identidad. Esta situación pone en riesgo el territorio colombiano, el progreso no es como lo pintan, Colombia con sus tratados de libre comercio, con la inversión extranjera, no se convierte en un país desarrollado, por el contrario, cada vez es más tercermundista.

Con esto dicho anteriormente Colombia entonces no sería una patria futurista competitiva con las grandes naciones, por su afán de acoplarse y pensar que desarrollo es venderse, se convierte cada vez más en simple materia prima, retrocede en el tiempo, se vuelve a un neocolonialismo del cual somos presa actualmente.

Se debe luchar por una independencia de pensamiento y de accionar, volver a la identidad que hace mucho nos definía, creer en ella protegiéndola, luchar como hace años lucharon los antepasados, pero esta vez con más convicción, unidos frente a no permitir nuevas conquistas.

Esos colores que nos identifican el rojo, el amarillo y el azul se están destiñendo, eso que significaba lucha por la libertad, por la independencia ya no queda nada.

El rojo de esa sangre que se derramó en campos de batalla por libertad frente al imperialismo, se ha derrochado, se ha desperdiciado, la independencia resulta ser efímera en esta época, porque nuestro territorio es cada vez más dependiente del extranjerismo.

El amarillo de riqueza del suelo, la gran fertilidad, la luz, la armonía, la justicia, cada vez se ve más pálido, empañado por la corrupción, por las imágenes de contaminación, la tala de árboles, la extinción de especies, y los cráteres inmensos por la minería.

El azul del cielo, el agua que rodea nuestro país, ya no es tan azul, se ha tornado café, por el turismo, hidroeléctricas y la contaminación que día a día sufren los mares y ríos. La inversión extranjera que tanto piden los políticos, ha dejado nuestros colores muy pálidos, con otros matices.

La gente de hoy se ocupa de ser esclavo de la sociedad del consumismo, siendo prisionera de un inconformismo ante la vida, que no se asume, si-no que huye cada minuto de ella.

Lo único que se asume es lo que no es propio y nativo de acá. Colombia ya no es patria, es un pedazo de tierra que se explota. Es tan ajena que los que la habitan y reniegan de su sangre, los hombres que, por cosas del destino o ‘castigo divino’, nacieron acá, buscan por todos los medios que ofrece la globalización apropiarse de otra cultura y de costumbres, de lugares merecedores de admiración, deseables, donde la sumisión se ve con el más alto agrado, donde la servidumbre se disfruta.

Querer salir de Colombia es una meta fijada, el que tiene la posibilidad no dudaría dejar este país de nadie, para realizar un sueño, el sueño americano, europeo, de prepararse para ser un buen mesero, pero en otro país ganando dólares o euros.

A partir de estos preceptos, en la actualidad todo lo que pasó en la época de colonización sigue presente y el pensamiento del colombiano no cambia, desean seguir viviendo de la misma manera, desean seguir siendo vendidos ante el sistema impuesto por los intereses de pocos y los intereses económicos de los que tienen el poder.

Esto se puede solucionar pero solo si se hace un alto en el camino, si se ve la historia y se decide no repetirla más, lo  cual deja como solución que para  no caer en lo mismo, se deben de ocupar de su ser, hacer una auto evaluación, pensar qué es identidad, qué me define, de dónde vengo, cómo debo ser, cómo debo construirme, en realidad  qué es lo importante para mi desarrollo mental, espiritual, emocional, político, que me haga crecer interiormente para enfrentarme de nuevo a la construcción de una sociedad.

En este punto es necesario pensar en construir un estilo de pensar diferente, en buscar una emancipación.

Muchos se unen con el sueño en común de salir de Colombia, donde roban, donde matan, donde violan, donde hay pobreza extrema, donde la educación y salud popular es precaria, donde el pueblo es ignorado y la clase opulenta aprovecha más los recursos de todos, donde la moda no se vive tan directamente, donde el arte, la literatura llegan tarde y, por lo tanto, atrasada, donde los avances tecnológicos son prehistóricos a comparación de países como Japón, China,

No obstante, a pesar de que la globalización ha permitido disminuir esa brecha, aún se continúa subdesarrollado porque el modelo es el mismo. Colombia, lugar en donde el gusto por otras y nuevas cosas se convierte en obsesión, a tal punto que llegamos a ser el país más diverso, no solo en biodiversidad, también cultural, social, político, sin crear nada nuevo, ni propio, sin unidad. Solo recibiendo retazos, desechos, y conformados con eso, despreciando lo poco, pero lo propio.

La construcción de identidad que se vive es una creada bajo términos de anti identidad, por no asumir lo que se posee, si no por copiar lo que ya poseen otros con orígenes muy distintos a los propios.

Es preciso apuntar a que el individuo que no tiene identidad relacionada a sus verdaderos orígenes, busque ocuparse de sí mismo, aportar a la propia autoconstrucción.